Café, té y chocolate
Aunque la escena que hemos elegido, a primera vista, podría dar una idea equivocada tan sólo habría que verla al completo para descubrir a Sara Miles, la joven esposa de un maestro, Robert Mitchum, en un pequeño pueblo que no llega a encontrar en su matrimonio lo que ella tanto desea.
Esta película de David Lean no llegó a tener el mismo éxito que sus antecesoras: Doctor Zhivago o Lawrence de Arabia y esto a pesar de que hay que reconocer que se trata de una buena película. Sin embargo la historia se aleja de lo que cualquiera esperaría para ilusionarse, sorprenderse o identificarse con los protagonistas, en especial con el maestro al que da vida Robert Mitchum, desapasionado y casi complaciente en el engaño continuado que sufre por parte de su esposa.
En la escena en la que Miles y Mitchum toman café, él se siente incómodo sin su camisa pero ella insiste para que desayune así. Lo que ella desea él no puede dárselo y si bien esto ocasiona una pequeña tragedia en la pareja, en especial para él que sufre las infidelidades, no tendrá ni punto de comparación con lo que los habitantes de esa pequeña aldea terminarán haciendo como represalia por algo por lo que culpan a la joven esposa.
No hay que perderse la belleza de los paisajes iniciales que no han tenido réplica en ninguna otra película.
Puede que esta película no sea del gusto de todas las personas que la vean y en parte se puede deber a la carga de violencia que hay en muchas de sus escenas. Sin embargo si en algo supera Taxi driver a la violencia de su historia es en la desgarradorora presentación de la soledad del protagonista (Robert de Niro).
Nada más comenzar la película la música de Bernard Herrmann ya preludia esa vida aislada y siempre distante del mundo por el que se mueve de manera marginal este taxista.
En todos los momentos de soledad, algunos unidos a episodias bastante sórdidos, no hay ni rastro de la bebida que aquí nos importa: el café. Esto nos reafirma en la idea presente en otros comentarios de películas de que el café es una bebida muy social.
¿Se imagina cuándo llega el primer café de esta película?
Cuando este taxista tiene un momento de descanso y en una cafetería se sienta a hablar con compañeros del trabajo.
¿Cuando llega el segundo café?
En otra cafetería en la que Robert de Niro (taxista) ha invitado a Cybill Shepherd (encargada en una campaña promocional de un candidato a gobernador). Ambos se siente atraidos sin embargo no parece ser una relación que pueda tener muchas garantías de éxito.
Si nunca antes tuvo la oportunidad de ver esta película nada más escuche el tema principal que aparece como leitmotiv comprenderá que esa sensación de melancolía-soledad que transmite no es compatible con el deseo de un mayor acercamiento con afloración de sensaciones que introduce el hecho de compartir un café.
Efectivamente en la película sólo vuelve a aparecer el café de manera casi anecdótica.
Si hasta el momento siempre hemos encontrado el café en escenas en las cuales los protagonistas de las películas intentaban crear un mejor ambiente para sentirse más cerca entre si y poder iniciar un diálogo más próximo, en Mulholland drive tenemos un ejemplo de todo lo opuesto.
David Lynch no por casualidad es un director que nos obsequia con películas que se salen de lo normal, abordando las relaciones personales desde perspectivas tal vez poco comunes.
En la escena que nos interesa de esta película se crea una tensión tan enorme a causa de una taza de café, más bien de la persona que va a tomarla, que todos los que allí están pendientes de ese espresso terminan perdiendo los nervios.
No creo que pueda encontrarse en ninguna otra película una escena semejante en la cual esa taza de café mantiene a todos los que allí están reunidos espectantes de la opinión sobre la calidad de la bebida.
Si nunca antes vió Mulholland drive tenga en cuenta que necesitará por lo menos verla dos veces para poder comprenderla. Aunque si lo desea puede partir con una pequeña ventaja-ayuda: la historia de la película está construida de forma circular y los personajes pueden encontrarse consigo mismos en ese círculo.
No es ésta una película que tenga una especial relación con el café o en la que esta bebida tenga importancia en alguna de sus escenas sin embargo en una de ellas, donde los protagonistas aparecen bebiendo café, encontramos el mejor ejemplo, en comparación del resto de películas aquí presentadas, de lo mucho que se valora el café cuando éste escasea.
Nos encontramos en el inicio de la revolución rusa, a comienzos del siglo XX, y a tres personas sentadas en torno a una mesa en la que están tomando para celebrar el regreso de Zhivago lo que para ellos es un auténtico manjar. Nada mejor que reproducir aquí parte del diálogo:
Alexander Gromeko: Observad atentamente. Encenderé la última midad del último cigarro que hay en Moscú. ¿Buena comida?
Zhivago: Mucho.
Alexander: Dile algo.
Zhivago: Estaba muy bueno, Tonya.
Tonya: No es nada.
Alexander: ¡Tres meses guardando ese salami!
Zhivago: ¿De verdad?
Tonya: Lo cambié por un reloj.
Alexander: Es maravillosa. Fíjate, es café.
Tonya: Basta, papá. Ya sabe que soy maravillosa.
En esta escena de Doctor Zhivago vemos cómo el café siempre ha sido considerado como una bebida para disfrutar de los sentidos, propia para la culminación de una cena esperada durante meses.
Se podría considerar esta película el paradigma de lo mucho que a algunas personas les gusta hablar tomando café.
En pulp fiction los actores hablan y hablan, afortunadamente es una película divertida y que tiene muy buen ritmo. Hago esta aclaración para diferenciarla de esas otras películas más del estilo europeo en las cuales se habla y se habla, y aburren y aburren. El cine sobre todo es un arte visual que tiene que estar acompañado de buenos diálogos pero no dando prioridad a tremendas historias más propias de libros de filosofía o psicología.
La profundidad también se puede conseguir por medio de las imágenes aunque esto no es nada fácil.
Como decía el café está presente en esta película tanto en su inicio, en una cafetería, como en su final, en la misma cafetería.
Hay también dos escenas curiosas donde el café, preparado por el propio director que interpreta un pequeño papel, es alabado como uno de los mejores que han probado los protagonistas. Esto demuestra que el café se encuentra en el mismo nivel de las grandes bebidas como el vino o cualesquiera otras bebidas alcohólicas, y esto sin necesidad de contener ni un solo grado de alcohol.
El café tiene la capacidad de crear un ambiente propicio para el contacto y la comunicación, esto es lo que hace posible que se mire con admiración a alguien que prepara un buen café.
En el tercer hombre, una de las mejores películas de la historia del cine, nos encontramos con un mediocre escritor de novelas del oeste que viaja hasta Viena en busca de un amigo que le ha ofrecido trabajo y por lo tanto una mejor manera de ganarse la vida.
Sin embargo cuando llega a la ciudad se encuentra con su amigo recién enterrado y lo que es peor, con la creciente sospecha de que lo han asesinado.
Un desarrollo absolutamente genial de un guión al que acompaña en todo momento una banda sonora que seguro reconocerá.
De nuevo en esta película encontramos el café en los momentos en los que alguien desea hablar ya sea para averiguar qué sucedió realmente en el accidente en el que fallece Harry Lime (Orson Welles) o para tender una emboscada en una de las últimas escenas de la película. Podremos ver los cafés de Viena poco después de terminar la Segunda Gerra Mundial.
Hay frases que se han hecho famosas en el tercer hombre como por ejemplo la del reloj de cuco y los suizos, aunque yo me quedaría con la respuesta rotunda del médico de cabecera de Harry Lime, sospechoso ante los ojos de Holly Martins (el escritor y amigo de Harry). Holly le pregunta si él cree, al haber sido una de las personas que vió el cuerpo sin vida de Harry que pudieron asesinarle, a lo cual el médico le responde que tanto en un caso como en otro (muerte accidental o asesinato) las heridas serían las mismas en una muerte como la de Harry que fue atropellado por un camión.
Una escena, momento cumbre de la película, protagonizada por el propietario de unos zapatos que es lo único que la oscura noche deja ver, un gato y Holly (Joseph Cotten), se ha convertido en una de las más famosas de la historia del cine.
Sinceramente elegir esta película y encontrar una escena con los protagonistas tomando un café era casi impensable porque si por algo se suele recordar uno, dos, tres es por su ritmo vertiginoso desde la primera hasta la última escena.
¿Dónde se podría encontrar un momento en el cual alguien decide tomar tranquilamente un café? Pues en el único momento en el cual hay un breve descanso posterior a una trepidante carrera en coche y anterior a otra no menos veloz marcha que conduce al final de la película.
De nuevo el café es utilizamo como creador de un ambiente algo más relajado pero no hasta el punto de perder la lucidez y el estado de alerta.
En uno, dos, tres encontramos una película con un genial guión, como tantos otros de Billy Wilder, en la cual vemos a un muy ocupado James Cagney que trabaja como director de Coca-Cola en la Alemania Federal de la postguerra y que ante la llegada de la hija de su jefe no podrá ni imaginar que ésta le conducirá a problemas continuos donde aparecerán rusos, comunistas, secuestros y hasta un Varón dispuesto a ceder su título.
Una película realmente genial, divertida y que de nuevo nos demuestra que el café siempre es utilizado para esos momentos en los cuales dos personas desean acercarse.
En after hours (jo, qué noche en la versión española) Martin Scorsese nos presenta la vida de un oficinista que a la salida del trabajo lo único que le espera es el sofá de su piso y el mando a distancia del televisor.
Sin embargo una noche, mientras toma café, conoce a una chica que le da su número de teléfono por si en otra ocasión desea hablar con ella tras ese breve encuentro.
Sin esperar mucho esa misma noche el protagonista de esta película decide llamarla y ella lo invita a que vaya a su piso que se encuentra en el Soho de New York, a bastante distancia de donde él vive. Ahí comienza una aventura que durará toda la noche en la cual este oficinista se encontrará con situaciones disparatadas con personajes e historias que irán entrelazandose para llegar a un final en el cual todo parece que se ha vuelto en su contra.
Son pocas películas las que pueden conseguir lo mismo que After Hours logra con aparente facilidad al crear un ambiente que por momentos supera a la propia historia, esos momentos en los que la excelente música y las imágenes nos permiten ir más allá de lo que estamos viendo. Es la facilidad que tiene Scorsese para hacernos caer en la trampa de la fascinación que siente el protagonista por la chica que le ha invitado y el mundo que le rodea pero al mismo tiempo un temor surge, sin aparente fundamento, pero que conduce a un primer deselance terrible.
Esta película es la que con más razón puede entrar en esta sección de películas relacionadas con el café ya que todas sus historias giran en torno a dos elementos comunes: el tabaco y el café.
En total son nueve historias breves protagonizadas por diferentes artístas (sus personajes utilizan sus mismos nombres). Así tenemos a Roberto Benigni con su pelo tan desaliñado como su comportamiento, a Steve Bucemi que es un amante y defensor de Elvis capaz de inventarse a un hermano gemelo del rey del rock para echarle la culpa de cualquier defecto de su muy admirado cantante, a Tom Waits con un comportamiento paranoico que ve detrás de cada palabra de Iggy Pop un menosprecio hacia su carrera artística, … y así hasta completar las nueve historias que giran en torno a una mesa, café, tabaco y unas personas que desean acercarse a otras.
Tal vez sea por este motivo por el cual Jim Jarmusch decidió que el café debería ser el elemento integrador. Tomarse un café con una persona te sitúa en un ambiente en el cual puedes encontrar a alguien que te escuche con el mismo agrado con el cual se toma esta bebida. Más despierto, atento y disfrutando del aroma y sabor del café, es un buen comienzo para hablar con alguien.
La escena en la cual los protagonistas están por primera vez solos, tomando café, es la que da comienzo a una historia que a cada momento está a punto iniciar lo que los dos están necesitando y deseando.
En esa escena él le pide a ella un favor, que le compre un bolso a su mujer como el suyo. Hasta ese momento son sólo dos vecinos en una comunidad que por su integración resultaría extraña en occidente donde buscamos más independencia.
Ella le responde que le pedirá a su marido que le compre el bolso porque es él quien lo compró en un viaje al extrajero. A lo cual él le responde que si es así mejor lo olvide.
Ahora es ella la que le pregunta: “¿dónde se compró la corbata?”
Él no sabe de donde viene porque la compró su mujer en el extranjero.
“¡Qué coincidencia!” -dice ella- “mi marido tiene una igual”. Él le responde que su mujer ya tiene un bolso igual que el de ella. Sin necesidad de decir nada más se miran comprendiendo que ambos están siendo engañados por sus respectivas parejas.
Deseando amar es una película que destaca por la delicadeza con la que muestra las vidas de dos personas que a pesar de los difíciles momentos que provoca ese engaño se mantienen con el deseo de amar. Sin estridencias, sin ira, sin absurdos martirios o venganzas tranquilizadoras del ego, los dos protragonistas siguen con sus vidas que sorprenden por un trato mutuo donde se mantienen las distancias pero buscando siempre la proximidad. Es llamativa en esta película la amabilidad extrema, casi una suavidad del carácter ausente de malicia que demuestra cómo la riqueza de la vida sólo puede encontrarse en personas que siempre están dispuestas a amar.